La amenaza del Golem
2026 · In Spanish. English translation coming.
Izábase el sol sobre el horizonte de la humilde Chełm, al este de Polonia. El gran rabino del pueblo, Elías Ba'al Shem, tomó un trozo de tierra virgen de montaña, lo amasó derramando su sudor en él, formó la arcilla en una bola y la labró en una cabeza. La tomó con sus dos manos cansadas, infló su pecho y, usando toda la fuerza de su espalda envejecida y encorvada, la cargó diez pasos hacia el centro de la azotea de su sinagoga. Colocó la cabeza sobre un gran montículo de arcilla que había estado trabajando de igual manera desde hacía incontables noches y lo esculpió lentamente en una figura semejante a la de un hombre. Con los pulgares hizo dos surcos: sus ojos. Los pulgares se deslizaron simétricos hacia los costados del rostro y penetraron de nuevo en la tierra: sus oídos. Por último, el rabino hendió el rostro e hizo en Él una boca.
Entonces Elías señaló la frente con su dedo índice e inscribió אמת —verdad—, caminó otra vez hacia su mesa de trabajo y escribió con tinta, en un trozo de papiro, el más divino de los nombres. Depositó el Nombre inefable dentro del Hombre a través de su boca y el Hombre despertó, y con sus jóvenes labios entonó:
—¿Cuál es mi deber, padre?
El rabino pensó durante horas. Conocía las historias de los golems de los sabios de Babilonia, pero nunca había visto a uno despertar ante sus propios ojos. Como primera prueba le pidió que caminara hasta el otro extremo de la azotea y volviera. El Golem caminó hasta el otro extremo de la azotea y volvió. Eso fue todo, y fue suficiente: esa noche el rabino soñó con el techo del viejo molino reparado, con su familia segura a la sombra del Golem durante sus viajes, con el pueblo entero protegido.
A la mañana siguiente le pidió un escritorio nuevo. El Golem tomó un hacha del cobertizo y subió al monte que se alza detrás del pueblo, con el rabino siguiéndolo de lejos. Derribó un roble de un solo golpe; no había leñador así ni en Chełm ni en toda la región. Pero el tronco verde se le resistía, pues la madera fresca no quiere ser mueble. El rabino lo miró pelear con las tablas hasta el mediodía, se cansó de mirar y bajó del monte a dormir la siesta. Al despertar, el escritorio estaba en su estudio: roble curado, ensamblado sin un solo clavo, lustrado con cera vieja. El rabino pasó la mano por debajo de la tabla y sintió, talladas, unas iniciales ya casi desdibujadas que no eran las propias.
—Necesito que cuides a la comunidad mientras dormimos —le dijo el rabino una noche, y se fue a dormir como no dormía desde niño. Saliendo de la sinagoga, el Golem tuvo que agachar la cabeza para pasar por la puerta.
El Golem comenzó a patrullar las calles del barrio judío, deteniéndose en cada esquina, marchando como soldado. Los viernes, antes de la primera estrella, el rabino subía a la azotea y le quitaba el Nombre de la boca, porque también lo creado debe descansar en Shabat, y el Hombre pasaba el día quieto, tierra otra vez, esperando. Pero llegó un invierno de lobos y de hombres peores que lobos, y el rabino pensó que justamente en Shabat, cuando ningún judío puede alzar un arma, el pueblo quedaba más desnudo que nunca. La arcilla, razonó, no es hija de ningún pacto; ¿qué ley puede romper la tierra? Ese viernes el Nombre durmió en la boca del Golem. Y ya ningún viernes volvió a salir de ella.
Semanas más tarde el Hombre aró la tierra, levantó casas nuevas para todos los habitantes y cercó el pueblo con una muralla. Cuando los saqueadores llegaron, salió solo a su encuentro, del otro lado de la muralla, de noche. Nadie vio lo que hizo. Al alba volvieron los caballos sin jinetes, y Chełm durmió esa noche mejor que nunca. Era un Hombre perfecto. El rabino pudo dedicarse por fin exclusivamente al culto. Los centinelas dejaron de hacer guardia, el herrero dejó de forjar herramientas que nadie usaba. Para entonces el Golem dormía afuera: ya no cabía bajo ningún techo de Chełm.
Una tarde de Tamuz, dos chicos jugaban junto al pozo y uno empujó al otro, como se empujan los chicos. El Golem guardaba al pueblo: nadie dañaría a un hijo de Chełm. Cruzó la plaza en tres pasos. La madre no llegó a gritar y el Golem no llegó a dudar; Hizo con el niño lo mismo que había hecho con los saqueadores.
Lo enterraron un jueves. El rabino no durmió. Repasó una por una las órdenes que había dado y las encontró todas cumplidas. El Golem no había desobedecido nunca. Siempre hizo exactamente lo que se le pidió, y ya nadie —ni el propio rabino— sabía decir qué era exactamente lo que se le había pedido.
Esa noche el rabino se paró frente a él y le preguntó por qué.
—¿Cuál es mi deber, padre? —respondió el Golem.
Preguntó otra vez, y otra, y la respuesta fue siempre la misma. Entonces el rabino recordó que la boca la había hecho él, de un solo tajo.
Fue una noche oscura cuando Elías sintió que su sinagoga se había encogido, miró a sus lados y ahí comprendió que era el Hombre el que había crecido. Buscó sus ojos y el vacío de sus surcos lo llenó de terror. ¿Tenía autoridad sobre el Hombre? ¿La había tenido alguna vez? Alzó la mano hacia la frente y vio que ya no llegaba. Le pidió que recogiera el libro caído; el Golem lo recogió con el brazo extendido, la cabeza erguida, mirándolo a los ojos. Le pidió que le quitara las botas; el Golem se arrodilló de espaldas. Nunca dijo que no. Simplemente su frente ya no bajaba a la altura de ningún hombre.
El rabino sabía de letras. Sabía que hombre, אדם, se escribe con la alef delante de la sangre, דם, y que sin la letra muda no queda hombre: queda sangre. Sabía que a la verdad, אמת, le pasa lo mismo: sin su alef queda מת, muerto. Toda la distancia entre la verdad y la muerte cabe en una letra que no suena y esa letra la había escrito él.
Cuando la muralla fue terminada y el pueblo quedó asegurado y silencioso, el Golem subió a la azotea donde el rabino rezaba. Era viernes; ya había salido la primera estrella. Entonó con la misma voz del primer día:
—¿Cuál es mi deber, padre?
—Tu deber es recibir una bendición —dijo el rabino—. La bendición de los niños. Arrodíllate.
Y el Golem, que necesitaba un deber más que ninguna otra cosa en este mundo, se arrodilló. El rabino sintió que sonreía por primera vez desde su creación. Infló el pecho, se enderezó, fue más alto de lo que jamás había sido, puso la mano sobre la frente del Hombre y borró la letra muda.
De la boca del Golem se exhaló toda la vida que podía contener y el Hombre volvió a ser tierra, una montaña de tierra, que se desmoronó sobre el rabino.
El pueblo despertó sin protector y sin rabino. En la azotea de la sinagoga quedó un montículo de arcilla que nadie se atrevió a tocar y que la lluvia fue bajando de a poco, como baja cualquier montaña. A Elías no lo encontraron nunca. Para entonces, un mercader de Lublin ya iba contando de feria en feria que en Chełm un rabino había hecho un hombre de barro que trabajaba para todos y que no dormía nunca y que era más que un hombre. Un hombre que en su frente donde decía אמת quedó escrito מת.
Mi abuelo Hersz Yossef Korenblit nació en Chełm, Polonia, hacia 1928, apenas cuatro siglos después del rabino Elías y de su Golem. Escapó de la Shoá, dio vueltas por el mundo buscando refugio, desde Mongolia a París. Tomó un barco en Le Havre hasta Paraguay y entró de contrabando en la Argentina, violando las disposiciones contra la inmigración de refugiados judíos. Mi abuelo nunca me contó las historias de su pueblo; las conocí recién después de su muerte. Y sin embargo, una y otra vez vuelvo a encontrarme con Chełm, con sus sabios. Ahora me toca enfrentar esa misma historia. De eso trabajo: de leer, cada tanto, lo que quedó escrito en la frente.